Hoy me he acordado del momento de mi vida en que decidí dejar de comerme las cosas que el hombre no acostumbra a comer. Fue allá por el año 92, aún con mi uniforme de cuadros y sin haberme convertido en una rechoncha preadolescente, durante un frío invierno en Madrid, cayó una de esas nevadas que se recuerdan…hasta dos días después. Yo, emocionada, miraba por la ventana de la clase, pegando las napias a los cristales y respirando fuerte para dejar el vaho y sentirme nostálgica. En ese momento tuve una brillante idea, la idea más brillante del día. Se me erizaron los pelillos de las cejas y corrí a buscar una compinche. Como siempre, mi compinche fue Bárbara, que era la única que era suficientemente peor que yo para hacerme caso. Ese día….comeríamos nieve. Mientras la cola que obediente se dirigía al comedor serpenteaba por los pasillos de moqueta plástica gris. Nos ubicamos cual zorrillas harapientas tras los que llevaban la cesta de las servilletas, que siempre eran los que cerraban el cortejo. Al agacharme plegando las rodillas los bordillos del babi se acercaban peligrosamente al embarrado pavimento del pasillo principal. El sabor de la aventura era parecido al de las piedras, rugosito y frío. ‘Ya’ susurró Bárbara y sigilosamente nos escapamos de la fila. Corrimos agachadas un tramo del pasillo y luego muy erguidas y a paso rápido el resto del camino hasta el recreo… nadie nos vió.
De cuclillas en la nieve, tomé un pedazo en la mano, bien llenito de tierra, con alguna hierbecita. Más sabroso. Un de un mordisco me comí un gran gran trozo. ‘Estás loca?’ -me dijo Bárbara que no se había atrevido a secundar mi hazaña. Feliz, henchida de orgullo y triunfo, mirándola a los ojos le dí otro gran mordisco al trozo de nieve, y otro, hasta comerme hasta la última hormiga congelada. Mucha proteína. En el momento en que me rechupaba el ultimo dedo, una voz estridente sonó en el patio ‘Irène, Bajbaja…mais qu’est-ce que vous faites? Allez, allez vite manger’. Corriendo nos juntamos con los demás compañeros que seguian en fila, con la bandeja metálica en la mano, esperando la nutritiva comida de nuestro amado catering (el de los palos de pescado resecos y el puré de verduras de extraña textura).
Al día siguiente, amanecí con diarrea
…..tu comiendo nieve y yo pensando que estabas mala por alguno de esos virus que os contagiabais unos a otros y que eran inevitables….ojos que no ven…