Los suelos de los aeropuertos son de moqueta para no reflejar los abrazos de quienes se despiden con lágrimas en los ojos,
resuenan mis pasos por la moqueta, no asoman mocos de mi orificio nasal, parezco una mujer regalo con tanto bulto, pero camino hacia delante, siempre hacia delante (actitud un tanto estúpida una vez pasada mi puerta de embarque y que, por filosófica que me pongo, me paso la puerta y me toca volver a caminar con el mástil de la guitarra golpeándome la nuca regularmente a cada paso en la otra dirección). CAmbian los momentos, así como si pasaran los días en vano.
Un abrazo, un último abrazo antes de entrar hacia esa puerta donde a uno le hacen quitarse prácticamente hasta el alma. El secreto de los últimos abrazos es ser siempre consciente de que no son los últimos. Los últimos abrazos no ultiman sentimientos, los hacen únicos.
Digo un hasta pronto que internamente quiero creer y miro hacia fuera por la ventanilla del avión, un hasta pronto a la ciudad que tanto he amado y odiado en un solo día, este país que tanto me ha regalado sin haberselo yo pedido.
Pronto hasta yo misma no siento, mi alma me anestesió la conciencia para evitarme esta transición hacia lo desconocido. Mejor sigo paseando por el aeropuerto de San José, pensándote, pensándome, pensando sin conseguir pensar en nada.
Hasta pronto Honduras
