Estoy en casa, sentada-tumbada en el sofá, envuelta en mi mágica manta de lana, me duele la tripa y me siento más vegetal que persona, estoy mirando, que no viendo un programa horrible que echan por la tarde en ‘people & arts’ de un grupo de chicas raquiticas que se entrenan para ser modelos. Mañana estaré en las comunidades de Choluteca con las mujeres campesinas. Hace tres años estaba en Perugia comenzando una nueva vida. Hace un año estaba en Londres viviendo otra vida. Pero para mi esas vidas nunca acabaron, siguen en stand-by, por eso me resulta del todo inaceptable ver fotos de la vida que Londres, Perugia o Madrid han seguido sin mi, unas vidas que no me esperan, que no se han parado, que siguen para delante. Y desde dentro de mi casa también me resulta inaceptable que haya vida fuera, que haya vida más allá de la mía, que en este preciso instante haya alguien que acaba de nacer, y alguien que acaba de morir.
Me siento individualista porque se me hace dificil entender que hoy es martes no sólo para mí y que en algun lugar del mundo ya es de día y que en España la gente está durmiendo. No puedo aceptar que hay gente sufriendo alla fuera, que hay varios -por no decir muchos- millones de personas a los que nunca llegaré a conocer y varios millones con los que ni siquiera me entendería y otros varios con los que ni siquiera me llevaría bien.
Puede incluso que nada de esto exista, y aunque sé que es un tema muy trillado, prefiero taparme con mi mantita y dormir la mente, por lo menos hasta mañana.