Día de la hispanidad en Honduras, la embajada española como cada año celebra su fiesta e invita a todos los españolitos de bien que nos encontramos por estas tierras a acudir a una recepción en uno de los mejores hoteles de Tegucigalpa.
Servidora no dice que no al flandismandis, nunca y bajo ningún concepto, y menos si es gratis y ofrecido por la madre patria. Decido ponerme elegante por aquello de que vamos de gala, y me pongo una mona faldita de esas que tu madre amablemente te recomendaba cuando había que hacer alguna visita familiar.
Pero hete aquí que según nos acercamos alegres y despreocupados al lugar de tan magno evento… un reflejo cegador casi nos obliga a cambiar el rumbo de nuestro auto…algun inconsciente que lleva las largas? no, son los millones de lentejuelas y brillantes que nos esperan. Un tanto avergonzada y preguntándome si me dejarán entrar, me miro los pies descubriendo roña inesperada y me acerco con paso tembloroso hacia la entrada de la gran sala donde el embajador me espera para estrechar la mano de todo el que al umbral se acerca. Paso por la zona de prensa que amablemente evita hacerme fotos de esas que salen en la sección de ’sociedad’ del Hola o análogas (y yo que me había maquillado) y me topo frente a frente con el excelentisimo señor embajador de España en Honduras y su esposa. Me estrecha la mano, nos miramos fijamente, desvia la mirada hacia mis pies y sin dejar de sonreir y pregunta con acento impecable y el justo tono de voz ‘Cómo está la cooperación?’…..Mierda! exclamo, mentalmente, se me nota demasiado….
Entramos al lujoso salón con una orquesta que toca los acordes de añejos pasodobles. Y más lentejuelas, y más hombres vestidos de gris, y más mujeres vestidas de repollos grises, olor a laca y a caros perfumes, olor a serio…o es un poco de olor a rancio?
Con respeto y serenidad escuchamos las palabras del embajador, acordándose de todos y como no de los cooperantes. SOlo se le olvidaron los asiáticos, que andaban también vestidos de gris con cara de cabreo según se comian las croquetas en la posterior recepción. Pero no me adelanto, de momento sigo en el discurso. Seria, respetuosa, como buena jurista sé de la solemnidad de este tipo de eventos y de las formalidades que la vida diplomática conlleva. Canto el himno hondureño y tarareo el español. PEro mi mirada no puede evitar desviarse hacia el respetable y me embarga una extraña desolación, me embarga una triste sensación de no saber donde me encuentro, de no encontrar nada de lo que para mí son mis orígenes en esa sala de terciopelos, siento que no estoy en donde estoy, el olor a laca me da dolor de cabeza y veo miradas de desprecio, miradas vidriosas de señores serios y grises con papadas blandas y pelo quebradizo. Y siento que los que no saben donde están son ellos.
Aplausos, brindis con champagne (o cava, no pregunté), y nos dan paso al flandismandis, real y secreto objetivo de mi visita. Con mi perfecta técnica soy la primera en conseguir tortilla de patatas, croquetas, vino y paella…ñam ñam Tengo esa extraña capacidad de hacer que si me acerco a una fila con cara inocente me dejen pasar e incluso me ofrezcan un pinchito.
Cuando ya me duele la barriga de tanto pincho de tortilla y tanto vino, doy en pensar cuán difícil es en esta vida ser coherente. Mas aún cuando nos encontramos en contextos complicados. Cuán complejo es conseguir no caer en extremismos a lo ‘gila’ que mandaba un huevo frito por correo certificado a los niños de india. Qué dificil es ser coherente cuando tienes todas las posibilidades de no serlo, cuando puedes permitirte un nivel de vida que no es el que te corresponde.
Miro a estas mujeres pintadas y enlacadas, y me pregunto si habrán estado en una de las tantas comunidades rurales que hay en Honduras donde la gente se alimenta a malas penas y a base de maíz. Y pienso que no soy culpable de querer ser feliz, pero si estoy condenada a buscar la coherencia.
seguiré pensando en este que es uno de los temas-egoísticamente-importantes de mi vida aquí
