‘Cariño, hay que ir a hacer la compra’

Una pareja, un carrito de la compra, ambos empujan el carrito, el hombre tiene colocada la mano derecha sobre el manillar. La mujer tiene colocada la mano izquierda sobre el manillar.
Pasean por el pasillo de las chocolatinas y se miran con amor, caminan al ritmo de una balada de los años 80. Se miran aún más, nada más van a comprar en ese pasillo, pero siguen caminando. La música lo envuelve todo y se diría que no hay nadie más en el gran supermercado ‘Price Smart’ de Tegucigalpa.
Acaban de agarrar un bote de anacardos, un kilo de anacardos por 297 Lempiras, sus manos se tocan a la hora de colocar el bote de anacardos dentro del carrito, justo encima de la caja de jugos de sabores en oferta. Se miran. Ella sacude la cabeza hacia atrás agitando de forma sensual su melena, siempre al son de esa mágica música que todo lo envuelve, con su solo de guitarra.
Con su mano izquierda, él acaricia el pelo de la mujer. Con su mano abarca toda su nuca y con un golpe seco estampa la cabeza de su amada en el borde metálico de la estantería. Caen un par de botes de mermelada de frambuesa. Aturdida, ella levanta la cabeza, separando su frente de la estantería, y con ojos vidriosos de amor, clava su rodilla en las partes sensibles y de eminente servicio reproductivo del hombre. Sin dejar nunca de mirarla él se dobla sobre si mismo para proteger sus efectos personales y es en esta posición cuando, cual un toro en busca de su amor vacuno, se avalanza contra la mujer, con la cabeza por delante -si fuera con los pies por delante podríamos decir que estamos ante un trágica historia de amor, pero las historias trágicas de amor nunca suceden en un supermercado- hacia el estómago, aún relleno del almuerzo que amorosamente han compartido poco antes, de su amada. Del impacto, con la sens-sexualidad que exigen este tipo de actividades, la mujer queda suspendida durante unos segundos en el aire, con las piernas en horizontal al suelo dejando a la vista todo el potencial que comparte por las noches con su amado, y con delicadeza va a caer encima de una estantería. Su trasero va a parar al suelo de azulejos blancos del supermercado, frío y un kitkat le golpea la parte superior de la cabeza. Con un ágil movimiento, alarga sus ya de por sí largas y tonificadas piernas, y clava los tacones de color rojo que viste como sustento básico de las plantas de los pies en la pantorrilla del hombre que la mira desde arriba con devoción. Mientras, con la otra pierna, abre un angulo de 90 grados en horizontal al suelo haciendo perder el equilibrio, físico que no emocional, a su hombre, y haciendole caer de bruces al suelo. Dejándole en esa posición, ella se levanta grácilmente, observa con cariño a su amado, ladeando la cabeza y sonriendo. Se lame con la lengua la palma de la mano, y restriega dicha palma por su codo. Tras ello, salta con todo su cuerpo, pechos por delante, encima del hombre que ha decidido permanecer en el suelo. Repite la operación varias veces y después vuelve, ya de pie, a agarrar la manilla del carrito lleno de artículos a pagar y avanza con él hacia el lugar en el que su amado yace. A la llegada del carro, él nada hace más que mirar a su mujer y sonreír mientras el carro pasa por encima de él. Cruje. Zapatos de tacón rojos. Cruje. La mujer se gira y se agacha con todo su peso sobre los gemelos, acaricia el pelo del hombre y pone en su boca un anacardo. Lentamente, se levanta, se gira sobre el eje trazado por sus tacones en vertical desde el techo, y camina alejándose hacia la caja registradora.
‘Cariño, hay que ir a hacer la compra’