Como todos los sábados, voy románticamente dando un paseo al mercado. Huelo los tomates, toqueteo los nances, miro de reojo el pimiento rojo y por último compro un ramo de margaritas para ponerlas en el salón. Con paso soñador, aislada del mundo a la vez que siento una conexión extraña, no oigo ni siquiera los claxon y camino por esta ciudad que llamo así porque es como debo llamarla, sin que me recuerde a nada de las ciudades a las que estaba acostumbrada. Paso por el puesto de los pollos asados, por la tienda de zapatillas a 50 lempiras (2 euros), y sonrío por dentro mientras me aferro a mi bolsa de tomates y a mi ramo de margaritas.
En ese momento, un elemento extraño entra en mi campo vital, un hombre. Se acerca a mi a una distancia que si fuera japonesa consideraria casi una agresion, sin mirarme y con voz sibilante me dice: ” mi amorrr, ¿te gussstan lasss rosssasss?”.
No entiendo si la pronunciacion exagerada de las ‘eses’ forma parte de sus armas de seducción, y tras un momento de desconcierto, le miro, él no me mira… Interiormente controlo mi reacción física y a la cabeza me vienen millones de contestaciones de esas que, por imprudentes y maleducadas, he siempre de evitar en esta parte del mundo, del tipo: “claro, por eso compro margaritas” o “no, prefiero el pollo frito”. Sigo conteniendo mis reacciones físicas, pero mi labio superior empieza a temblar, intenta fruncirse : me contengo. Mi ceja se levanta sola y mi paso se desacelera, creo que me está sentando mal el desayuno. Mi mirada sigue clavada en el susodicho Don Juan, quien a su vez, acelera su paso y se aleja sin haberme mirado ni una sola vez en los 3 segundos que han transcurrido desde que me dijo su desafortunada frase.
Me quedo con cara de tonta y preguntándome por qué se supone que he de sentirme halagada por estos acontecimientos que a diario me hacen sentirme como una gacela en una manada de chacales. Menos mal que en el tamaño del pecho salí a mi padre.
Y grito: Help!